Entre sombras y pasillos del Cementerio Universal de Barranquilla
Por: Jaime Guzmán

Cementerio Universal
El Cementerio Universal de Barranquilla, Colombia, es un lugar que parece debatirse entre la memoria de un pasado digno y la desidia de un presente que lo empuja hacia la ruina. Quien lo observa, ya sea por lectura, por documentación o por registro audiovisual, percibe con claridad cómo el tiempo y la mano del hombre han marcado su superficie. El ser humano barranquillero, iconoclasta y contradictorio, ha sabido idolatrar y luego abandonar; aquí, esa inclinación se manifiesta de manera brutal: tumbas sin cuidado, lápidas que pierden su inscripción, floreros oxidados y pasillos que el abandono transforma en corredores de sombras.

Esculturas maltratadas del Cementerio Universal
El descuido no es solo consecuencia del paso del tiempo o de los visitantes que dejan basura y objetos dispersos; la administración también ha fallado. La Masonería, en cabeza del economista Mario Morales, mantiene al cementerio en un estado de abandono que hiere la memoria colectiva. Muros desconchados, maleza que brota entre las lápidas, bóvedas fracturadas y calles con iluminación deficiente muestran un lugar que debería ser un patrimonio arquitectónico y cultural, pero que hoy apenas conserva restos de su dignidad.

Este abandono contrasta de manera dolorosa con lo que ocurre en otras ciudades del mundo. Cementerios históricos como el Père-Lachaise en París, el Cementerio de Montmartre, el Campo Verano en Roma, el Cementerio Colón en La Habana o el Highgate Cemetery en Londres, son espacios donde se da un valor póstumo deliberado a personajes ilustres de la literatura, la música, la política, la ciencia y las artes. Cada escultura, cada tumba, cada calle adoquinada refleja un cuidado que reconoce la historia, la cultura y la sociedad; se convierten en museos abiertos, lugares de memoria que entrelazan lo histórico con lo estético y lo social, y que invitan a residentes y turistas a comprender la ciudad a través de sus muertos.

Cementerios históricos como el Père-Lachaise en París
En Buenos Aires, el Cementerio de La Recoleta es un ejemplo paradigmático: escritores, políticos, científicos y artistas descansan bajo monumentos imponentes que narran la historia de la ciudad. En París, Père-Lachaise ha consolidado un patrimonio global gracias a la preservación de las tumbas de figuras universales como Oscar Wilde, Chopin o Jim Morrison. En Nueva Orleans, los cementerios históricos funcionan como espejo cultural, revelando las tradiciones y la diversidad de la sociedad que los creó. Todos ellos son espacios donde la muerte se convierte en arte y memoria, y donde cada visitante puede recorrer la historia de una ciudad a través de sus protagonistas.

Buenos Aires, el Cementerio de La Recoleta
Frente a esto, el Cementerio Universal de Barranquilla aparece como una paradoja dolorosa. Aquí, la historia no se celebra; se olvida. La arquitectura y los monumentos que podrían narrar vidas importantes se pierden entre sombras, basura y desidia institucional. La belleza que podría ser patrimonio de la ciudad queda atrapada en un estado de abandono que supera cualquier cuento imaginado, cualquier ensayo crítico, cualquier canto elegíaco. Es un espacio donde la memoria se apaga y donde la ciudad se niega a reconocer la importancia de lo que ha construido con su pasado.

Calles agrietadas en el interior del Cementerio Universal
Aun así, el Cementerio Universal guarda todavía un hálito de grandeza que el tiempo y la indiferencia no logran extinguir del todo. Cada lápida, cada ángulo de mármol, cada escultura de ángel que se mantiene en pie parece implorar reconocimiento. La comparación con otros cementerios del mundo es inevitable y dolorosa: mientras París, Roma, La Habana o Londres transforman la muerte en patrimonio vivo y cultural, Barranquilla mantiene un lugar que refleja el olvido y la desidia.
Es un espejo de la ciudad y de su gente: la memoria y la historia existen, pero se encuentran atrapadas entre la indiferencia y el abandono. El Cementerio Universal, más que un lugar de descanso, se convierte en un canto silencioso a lo que pudo ser y no fue, un lamento por la memoria que se diluye y una advertencia de que el valor cultural, cuando no se protege, se desvanece bajo la sombra de la rutina y la negligencia.














