El mejor vividero del mundo

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Por Jaime Lustgarten

Los inmigrantes que llegaron a Colombia durante la primera mitad del siglo XX desembarcaron por el muelle de Puerto Colombia. Mi familia lo hizo en 1938. El buque en el que viajaban ancló en el que entonces era el muelle más largo del mundo, hoy convertido en una ruina silenciosa, un vestigio de aquel tiempo en que por estas tierras entraron el fútbol, la aviación, la radiodifusión y tantas otras ideas que ayudaron a transformar el país.

Fue aquí, en Barranquilla —las antiguas Barrancas de San Nicolás—, donde nacieron el correo aéreo, el transporte aéreo comercial y la primera aerolínea de Colombia, SCADTA. Era una ciudad abierta al mundo, donde el progreso llegaba por el río y por el mar.

Aquí también floreció una comunidad hebrea trabajadora y visionaria. Construyó dos sinagogas en distintas épocas, dos cementerios y dos clubes sociales. Pero no fueron los únicos. Italianos, rumanos, griegos, otomanos, franceses, españoles, egipcios, chinos y japoneses encontraron en esta ciudad un puerto de llegada y una esperanza. Cada uno aportó parte de su cultura y de su trabajo, hasta convertir a Barranquilla en el mosaico humano que aún conserva.

Muchos llegaron buscando libertad y oportunidades. Mi familia, en cambio, solo buscaba salvar la vida.

Se hospedaron en un pequeño hotel del Paseo de Bolívar. La Barranquilla de entonces era una ciudad tranquila, apacible y segura, muy distinta de la metrópoli cosmopolita que conocemos hoy.

Recuerdo escuchar a mi abuela contar que lloraba todos los días. Extrañaba Viena, a su familia, sus calles y la vida que había quedado atrás. Hasta que unos amigos, también austríacos y llegados algún tiempo antes, los invitaron a conocer el Hotel del Prado.

Aquella visita cambió su ánimo.

Al caer la noche descubrieron una piscina iluminada desde su interior, un lujo casi inimaginable para la época, incluso en buena parte de Europa. La luz se reflejaba sobre el agua mientras las altas palmeras parecían custodiar aquel remanso de serenidad. Allí podían tomar un excelente café colombiano y, por un instante, regresar con la memoria a los cafés de Viena. Los domingos volvían para desayunar bajo la sombra de los árboles, rodeados de una paz que ya no existía en casi ningún rincón de un mundo consumido por la guerra.

Muchos años después, esa misma piscina sería el lugar al que llevarían a sus nietos, como si quisieran transmitirles, sin necesidad de palabras, el momento exacto en que comprendieron que habían encontrado un nuevo hogar.

Fue allí donde nació una frase que escuché repetir desde niño y que era compartida por muchas familias de inmigrantes agradecidos:

«Barranquilla es el mejor vividero del mundo».

No era una consigna ni un eslogan. Era la voz de quienes habían conocido el miedo, habían perdido casi todo y, al llegar a esta ciudad, encontraron algo que no tiene precio: la posibilidad de volver a empezar.