Por: Jaime Lustgarten.
En estos tiempos de intensa polarización política y radicalización discursiva, es imperativo detenerse a considerar el verdadero peso de las palabras. Estas poseen un poder inmenso, que a menudo supera nuestra capacidad de comprensión y control. Es un poder de construcción, pero también de irreversible destrucción.
La lección es antigua, pero su vigencia es dolorosamente actual: una vez emitido un mensaje, no hay vuelta atrás. Para ilustrar esta verdad atemporal, cabe recordar una enseñanza sabia…
La sabiduría popular lo plasma a través de un famoso cuento de un rabino y un hombre que había hablado mal de él. Arrepentido, el penitente buscó el perdón. El rabino lo citó, después de la hora de la cena, pero le hizo una extraña petición: debía traer consigo una almohada de plumas.
Así hizo, y al llegar, el rabino lo invitó a ver la ciudad desde la azotea. Le dio una tijera y le dijo: “Agarra bien la almohada y corta un hueco grande en ella.” El hombre obedeció. Hecho esto, le dice: “Ahora sacude bien para que salgan todas las plumas” – y estas volaron enseguida por el cielo y se expandieron con el viento.
Entonces, el rabino dictó su condición para el perdón: “Ahora, recoge todas las plumas. Si lo logras, yo perdonaré tu ofensa.”
El penitente, atónito, replicó: “Señor rabino, eso es imposible.”
La respuesta del sabio fue una sentencia: “Ves. Así es de imposible recoger las palabras dichas.”
Esta enseñanza, tan simple como devastadora, resuena hoy en el panorama de la República. El ejercicio del poder no permite la ligereza verbal de un ciudadano común. Cada alocución, cada mensaje en redes sociales emitido desde la alta magistratura, es una pluma lanzada al viento de la opinión pública.
El actual presidente, con sus constantes salidas en falso y su retórica incendiaria (o, en su defecto, mal calculada), se encuentra precisamente en la situación del penitente: intentando recuperar plumas que el viento de la realidad y el escrutinio ya dispersó. La reputación no se recompone con retractaciones tardías ni excusas. El daño institucional y la división social generada por afirmaciones impulsivas o repulsivas dejan una marca que es muy difícil de borrar.
El lamento no es solo por el mandatario en lo personal, sino por la figura de la Presidencia. Muchos colombianos sentimos una profunda decepción al ver cómo el cargo queda minimizado por la falta de tacto, mesura, y la evidente incapacidad de comprender que las palabras de un jefe de Estado son irreversibles y pesan mucho más que las de cualquier otro. El traje de la Presidencia, para algunos, simplemente resulta demasiado grande.
En última instancia, la lección del rabino no es solo para el gobernante. Es un llamado a la responsabilidad colectiva. En un entorno digital donde todos somos emisores, debemos recordar que la disciplina del lenguaje es el primer acto de respeto hacia la comunidad y hacia la verdad. Una palabra no solo se dice, se siembra. Y una vez que la pluma vuela, es imposible volver a meterla en la almohada.














