Por:Jaime Lustgarten
No había cumplido los 18 años cuando murió mi padre, un trágico 11 de abril de 1971. Fue, quizá, el momento más doloroso de mi vida: por las circunstancias de su muerte y porque, a esa edad, se necesita mucho más de la orientación y los consejos paternos —esos faros tan valiosos para quien empieza a conocer la libertad, ese mundo nuevo que a menudo resulta difícil de comprender.
Mi madre, ya viuda, tuvo además la carga de un joven inquieto y rebelde que no alcanzaba a entender lo que ocurría. Hoy comprendo que para ella debió ser aún más duro. Su fortaleza se forjó desde niña, cuando tuvo que huir de una Europa dominada por el nazismo, convulsionada por un odio y una maldad difíciles de comprender. Con suerte logró refugiarse con mis abuelos en este continente —descubierto hace siglos—, en un país extraño, con retos distintos: aprender un nuevo idioma, adoptar otras costumbres, adaptarse a un mundo ajeno.
La vida del inmigrante no fue un sueño ideal. Debieron conocer el temple y soportar pruebas duras; tuvieron que perseverar ante circunstancias extremas. Esos esfuerzos forjaron su carácter y les permitieron salir adelante, cuidando cada centavo al punto de parecer tacaños. Lo escuché siempre: “Cuida los centavos, hijo mío; los pesos se cuidan solos.” Creo que ese celo por la prudencia y la responsabilidad es parte del secreto de nuestro éxito: valores heredados que nos han servido para sobrevivir.
Hoy lo veo claro: esa es la madera de la que estamos hechos, como barcos construidos para durar. Somos sobrevivientes —no solo de la Segunda Guerra Mundial— sino también de episodios que marcaron a nuestras comunidades: de la Santa Inquisición, de purgas y persecuciones, del trato injusto a las minorías por ser diferentes. Fuimos acusados, torturados física y psicológicamente, expulsados y señalados por creencias ajenas. Hemos sido víctimas de terrorismos y hostilidades diversas, sin distinción geográfica: de grupos armados, de regímenes y de fanatismos de distintos signos. Hoy enfrentamos además nuevas formas de odio que a veces se disfraza de discurso político o moral.
Aun así, resistimos. Mi abuela vivió casi 99 años; mi madre, 94. Somos descendientes de hombres y mujeres que, en circunstancias extremas, dieron lo mejor de sí. Parte de la civilización les debe mucho; paradójicamente, esa misma civilización parece en ocasiones encaminada hacia la autodestrucción.
Escribo solo para pensar. Para nombrar lo que fuimos y lo que seguimos siendo; para recordar que la historia —con su peso y con sus heridas— también nos legó una fortaleza silenciosa. Y para invitar a la reflexión: en tiempos de incertidumbre, reconocer nuestras raíces y valores puede ser la brújula que nos permita seguir adelante.














