Por: Jegman
Alfonso Lizarazo se fue y, con él, también se fue el verdadero Sábados Felices. El de ahora, desde una opinión muy personal, ya no es Sábados Felices; es Sábados Tristes.
La muerte de Alfonso Lizarazo no solo representa la partida, ese viaje misterioso del que nadie regresa, de uno de los grandes pioneros de la televisión colombiana. También simboliza el final de una época en la que Sábados Felices fue mucho más que un programa de humor: era patrimonio cultural, un espacio de encuentro familiar casi obligatorio y el escenario donde Colombia aprendió a reírse de sí misma, de su identidad y de su idiosincrasia.

Durante más de cinco décadas, el programa logró rescatar el folclor, las costumbres y la riqueza cultural de las cinco regiones del país. Lo hacía a través de personajes inolvidables que representaban esa Colombia diversa, sencilla y alegre. Allí brillaron Mandíbula, Jeringa, El Hombre Caimán, Monos Sánchez, Jaimito, La Gorda Fabiola, Fosforito, Don Jediondo, Polilla, El Príncipe de Marulanda, Patricia Silva, César Corredor con su inolvidable Barbarita, Alerta, Tato, Piroberta y muchos otros que escribieron páginas doradas e imborrables del humor nacional.
Era un humor blanco, espontáneo, fresco y, muchas veces, picaresco, pero sin perder el respeto ni la esencia de la buena comedia.
A ese elenco se sumaban cuenteros, imitadores, trovadores, ventrílocuos, músicos, ilusionistas y magos, como el inolvidable Mago Lorgia, que enriquecían cada emisión. También desfilaron grandes figuras internacionales como Carlos Donoso, con su célebre muñeco Kini; Julio Sabala, Teo González, Juan Tamariz, Juan Verdaguer, Midachi y muchos otros artistas que hicieron del Festival Internacional del Humor uno de los eventos más esperados de la televisión colombiana, otro de los grandes legados impulsados por el bumangués Alfonso Lizarazo.

Pero Sábados Felices también era una ventana para mostrar a Colombia. Era tradicional ver a los organizadores de las principales fiestas populares invitando al país a disfrutar del Carnaval de Barranquilla, la Feria de Cali, la Feria de las Flores, el Festival de la Leyenda Vallenata, el Carnaval de Negros y Blancos, el Reinado Nacional de la Belleza y muchas otras celebraciones. Era una forma original de promover la cultura y el turismo nacional.
En aquellos años no existían las plataformas digitales, la televisión por cable ni la televisión satelital. El sábado en la noche era una cita familiar alrededor del televisor. Después llegaron nuevas tecnologías y nuevas formas de entretenimiento. El programa comenzó a cambiar, pero nunca perdió completamente su encanto mientras estuvieron quienes le dieron identidad.
Hoy, en cambio, la sonrisa parece cada vez más triste. Los dramatizados carecen de la fuerza de antes, el humor ha perdido profundidad y los libretos, en ocasiones, parecen escritos sin alma. Todo luce plano, repetitivo y distante de aquella magia que conquistó a generaciones enteras.
También se extraña un conductor como Alfonso Lizarazo. Su voz pausada, elegante y serena transmitía confianza. Su impecable vocalización y dicción, su respeto por cada artista y su liderazgo tranquilo hicieron de él el hilo conductor perfecto de un programa donde el verdadero protagonista siempre fue el humor.
Con el paso de los años, el programa fue perdiendo a muchos de sus grandes humoristas y, poco a poco, también fue perdiendo su esencia.
Por eso insisto: el verdadero Sábados Felices se fue con Alfonso Lizarazo. Lo que hoy permanece al aire conserva el nombre, pero difícilmente el espíritu que lo convirtió en una institución de la televisión colombiana.
Gracias, Alfonso Lizarazo, por enseñarle a un país entero que reír también era una forma de unir a las familias, de valorar nuestras costumbres y de celebrar lo mejor de ser colombianos.












