Por: Indalecio Dangond
Para muchos analistas políticos, la elección de Gustavo Petro en 2022 no fue tanto una victoria de su proyecto de gobierno sino un veredicto contra el pasado. Más del 50 % de los votos no habrían respaldado una propuesta, sino expresado un castigo rotundo a la continuidad representada por gobiernos de siempre que al sentir de ellos, solo representaban los intereses del Establecimiento.
Petro desaprovechó una oportunidad histórica para liderar una transformación social y política efectiva en Colombia. Pesaron más su ideología y su ánimo de confrontación que la responsabilidad de gobernar para todos. En vez de cerrar las brechas en pobreza monetaria y desempleo, y de contener la criminalidad y la corrupción, terminó agravándolas. Lejos de impulsar la productividad y dinamizar la economía, contribuyó a su franco deterioro. Y en lugar de conformar un equipo de funcionarios idóneos y capaces, se rodeó de perfiles mediocres y cuestionados en lo ético. Ni siquiera logró estar a la altura de la dignidad que exige la jefatura del Estado. El resultado fue una decepción profunda entre muchos de quienes creyeron en su palabra y en su promesa de cambio.
De ahí que una inmensa población del país haya optado esta vez por explorar un camino distinto: una alternativa que nunca se había experimentado. Un outsider. Una figura ajena a los dos modelos de poder que han dominado la política nacional y que, por décadas, se han repartido la burocracia y una corrupción sofisticada, protegida por pactos oportunistas, silencios cómplices y privilegios envejecidos.
Para esa inmensa población de colombianos, la figura capaz de enfrentar de raíz los males que más hieren a Colombia —la corrupción enquistada, las estructuras criminales que siembran miedo y la pobreza que erosiona la dignidad— es Abelardo de La Espriella. Así lo interpretan quienes destacan el respaldo que reflejan distintas mediciones de opinión y la respuesta popular que genera en sus recorridos por el país.
Todo indica que el contexto político ha terminado favoreciendo su irrupción. Las adhesiones de figuras desacreditadas de los partidos tradicionales a la campaña de la centroderecha, así como el silencio cómplice del candidato de la izquierda frente a los recientes escándalos de corrupción del gobierno, los atentados de grupos armados y la insistencia en reformas impopulares como las de salud y pensiones, han terminado por profundizar el disgusto ciudadano. Ese escenario, según observan distintos analistas -porque en política no todo vale-, ha fortalecido la narrativa e impulsado a Abelardo de la Espriella como una opción disruptiva libre de compromisos económicos y políticos, con posibilidades reales de capitalizar el descontento de la gente y consolidar su triunfo.
Más allá de nombres propios, lo que hoy se expresa con claridad es un estado de ánimo colectivo y el agotamiento frente a los modelos tradicionales de poder. Colombia entra así en una coyuntura decisiva, donde el voto ya no responde a etiquetas ideológicas sino a una demanda profunda de autoridad moral, eficacia institucional y extrema coherencia política. Esto no es solo una elección; es la expresión de una inconformidad acumulada, y el clima político sugiere una ventaja clara de Abelardo de la Espriella que podría resolverse desde la primera vuelta.














