EL SUCESOR INCÓMODO

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Por: Yohir Akerman

Actuaciones del presidente Gustavo Petro hacen pensar que hay una parte de su inconsciente que no quiere que Iván Cepeda sea su sucesor. No lo dirá nunca. No lo escribirá. No lo aceptará ni siquiera en privado. Tal vez tampoco lo admita frente al espejo. Pero ciertas decisiones parecen apuntar en una dirección: que la izquierda colombiana tenga un solo presidente en la historia reciente. Él.
Me explico. La tragedia de los caudillos es que no fundan movimientos para que otros los superen, los fundan para que otros los confirmen. No abren camino para que alguien transite mejor, lo hacen para que todos recuerden quién abrió el camino. Es también el caso del expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Por eso este análisis, aunque suene contraintuitivo, sostiene que Petro no quiere un sucesor. Quiere una posteridad. Y en ese punto Iván Cepeda representa, por su persona, una posibilidad distinta para la izquierda.
Cepeda no es un improvisador, no vive de la ocurrencia diaria, no actúa desde el guayabo matutino ni desde el trino alterado de medianoche. Es un hombre metódico, disciplinado y estructurado, con posiciones de izquierda real, firmes y muchas veces equivocadas, pero reconocibles. Tiene archivo, paciencia y una vocación de trabajo que no necesita espectáculo para existir.
Es claro que Cepeda representa una alternativa que una gran parte del país recibe con miedo. Sus ideas políticas son rígidas, muchas veces previsibles, y en varios temas están lejos de lo que considero conveniente para el país. Pero justamente por eso, el punto no es ideológico sino comparativo. Un eventual gobierno suyo podría demostrar que, incluso desde una izquierda dura, es posible gobernar con más método y menos espectáculo.
Podría probar que una cosa es defender ideas de izquierda, incluso con las que muchos discrepamos, y otra muy distinta es desordenar el Estado, humillar aliados, espantar técnicos, confundir deliberación con caos, presentar cada fracaso administrativo como una conspiración universal y terminar rodeado de escándalos de corrupción que contradicen el discurso político con el que se hizo elegir en el poder.
Cepeda no sería una copia de Petro. Él mismo ha dicho que no recibe instrucciones del presidente y que no es clon de nadie. Esa distancia, que en campaña puede sonar útil, para Petro puede resultar insoportable en gobierno. Porque un Cepeda autónomo no solo heredaría la bandera de la izquierda, sino también podría contrastar, con su sola forma de gobernar, las deficiencias de la actual administración.
El presidente Petro sabe algo que muchos de sus seguidores no entienden. Y es que ha sido mucho más eficaz peleando contra el poder que ejerciéndolo. La administración lo encierra, la confrontación lo agranda. En el gabinete se desgasta mientras que en la tarima se enciende. Le cuesta convertir una promesa en política pública, pero sabe convertir cualquier tropiezo ajeno en una razón para llevar la indignación a la calle. Por eso Gustavo Petro, incluso desde la Presidencia, nunca ha dejado de ser un animal de oposición. Lo suyo no es la ejecución, sino la épica.
En esa esquina respira mejor. Desde ahí no tiene que explicar por qué no ejecutó, ni defender nombramientos impresentables de funcionarios sin experiencia o imputados, ni responder por contratos cuestionados, parejas con poder, corrupción campante, improvisaciones, promesas incumplidas o reformas mal tramitadas.
En la oposición, todo vuelve a acomodarse a favor del próximamente expresidente Petro. Si algo no avanzó, es porque el enemigo bloqueó. Si la justicia pregunta, es porque la derecha persigue. Si la calle se agita, es porque el pueblo resiste. Y si todo arde, es porque él sostiene los fósforos.
Por eso, paradójicamente, un triunfo de la derecha podría convenirle más a esa figura de Gustavo Petro, en términos personales, que un triunfo de Iván Cepeda. Si gana Paloma Valencia, Petro recuperaría de inmediato el escenario que mejor conoce. Mucho más si el ganador fuera Abelardo de la Espriella, a quien podría convertir sin esfuerzo en el villano perfecto de su relato. Volvería a presentarse como el perseguido, el profeta expulsado, el líder popular traicionado por las élites. El hombre que quiso cambiar la historia, pero fue frenado, otra vez, por los de siempre.
Desde allí puede convocar a las calles, marchas, plazas, discursos, cabildos, constituyentes, rabias y resistencias. Puede intentar justificar, equivocadamente, que lo que no avanzó en su gobierno no fue por falta de método, ni por exceso de soberbia, ni por incapacidad de gestión, sino porque las fuerzas de la derecha nunca lo dejaron gobernar.
Eso ayuda a explicar dos cosas. La primera, que las bodegas del Gobierno y sus mal llamados influencers independientes, pero pagos con contratos del Estado, parezcan mucho más dedicados a atacar la campaña de Paloma Valencia que a golpear con la misma intensidad la de Abelardo de la Espriella.
La segunda, que Petro insista en instalar una narrativa falsa de fraude electoral, incluso después de haber ganado la Presidencia y de que su partido arrasara en las pasadas elecciones al Congreso. Esa ficción no está diseñada para cuidar la democracia, sino para prepararle una salida emocional al poder. Si pierde su proyecto, no será porque su gobierno decepcionó, improvisó o se hundió en sus propias contradicciones, sino porque le robaron al pueblo la posibilidad de continuar con el cambio. Claro, sin que hasta ahora haya presentado prueba alguna del supuesto fraude.
Esa es la coartada perfecta del caudillo. Convertir una derrota política en una denuncia moral. Convertir el cansancio ciudadano en conspiración. Transformar el fracaso de un gobierno en una prueba de persecución. La derrota de la izquierda por un supuesto fraude sería, para Petro, una forma de absolución. En cambio, la victoria de Cepeda sería una auditoría política hecha desde su propio campo ideológico.
Ese es el riesgo que Iván Cepeda representa para él. No se trata únicamente de vanidad. También se trata de supervivencia. Petro sabe que su salida del poder puede abrir un periodo de investigaciones, debates jurídicos y revisiones institucionales. En ese escenario, una derecha en el poder le ofrece el marco perfecto para decir que todo es persecución política.
Y, en su imaginario más conspirativo, también vivirían intentos de asesinato, complots y amenazas que no han sido demostrados, pero que le servirían para volver al lugar del líder asediado por enemigos poderosos. Pero, como dice mi profesor de derecho penal, que uno sea paranoico no significa que no lo estén siguiendo. Y aunque el presidente Petro suele mirar el mundo desde una sospecha permanente, eso no quiere decir que no pueda haber sectores interesados en hacerle daño.

En ese escenario, todo proceso podría presentarse como persecución; toda citación, como venganza; toda investigación, como represalia; y todo expediente, según él, como la prueba de que las élites nunca aceptaron que un hombre de izquierda llegara a la Presidencia. Un gobierno de Cepeda, en cambio, debilitaría parte de ese libreto. Sería más difícil convertir cada problema judicial en cruzada si el poder político no está en manos del enemigo histórico, sino de alguien que vino de la misma esquina ideológica.
Además, Iván Cepeda tiene algo que Petro no puede controlar del todo. Una identidad propia. Su historia política no depende del actual presidente. Su legitimidad no nació en la Casa de Nariño ni fue prestada por el petrismo. Su relación con las comunidades, con las víctimas, con los temas de derechos humanos, con el contrapeso al uribismo y con la memoria del país viene de mucho antes de este Gobierno.
Eso también puede ayudar a leer el distanciamiento que parece existir entre el presidente Petro y el proyecto electoral de Cepeda. Si las versiones son ciertas, el presidente habría expresado a personas cercanas su incomodidad con la forma como Cepeda está manejando la campaña. El ministro Armando Benedetti, por su parte, se habría quejado de que le cerraron las puertas a su ayuda y a su presencia. Y ambos, desde lugares diferentes, pero con una preocupación parecida, repiten una misma crítica: que Iván Cepeda cree que puede ganar solo.
Ahí vuelve a aparecer el problema de fondo. Para Petro, y lo demostró con Benedetti, la política se gana con maquinaria, operación, alianzas incómodas y manejo del poder. Esa diferencia puede sonar menor cuando la gente piensa que toda la izquierda es lo mismo, pero no lo es. En una campaña presidencial, el método también es una declaración de independencia. Y cuando eso se hace frente a Petro, casi siempre termina siendo leída como una forma de desobediencia.
Ese método también se expresa en decisiones recientes del Gobierno que le hacen más difícil la vida al candidato que supuestamente debería heredar el proyecto. Un Gobierno que le pide a la Fiscalía suspender órdenes de captura vigentes, a menos de un mes de las elecciones, contra integrantes del Clan del Golfo, incluido su máximo cabecilla, alias Chiquito Malo, difícilmente está pensando en facilitarle el camino electoral a Cepeda.
Es cierto que Cepeda ha sido uno de los padres ideológicos de la Paz Total y que no puede presentarse como ajeno a esa apuesta. Pero una cosa es respaldar una política de negociación que ha probado ser equivocada, y otra muy distinta cargar, a menos de un mes de elecciones, con sus costos más impopulares, sus señales más confusas y sus decisiones más difíciles de explicar.

Tampoco le ayudan los nombramientos recientes de Petro, ni la decisión de sostener o reciclar en cargos de poder a personas investigadas, imputadas o cuestionadas judicialmente. Cada una de esas decisiones le aleja el centro a Cepeda, le ensucia la herencia y lo obliga a hacer una pirueta imposible de quedarse cerca de lo poco que aún le sirve del Gobierno y de la popularidad de Petro, pero lejos de los errores y la corrupción del Gobierno que podrían hundirlo.
En el fondo, el próximo expresidente Petro quiere que la historia diga que él fue el primero, el único, el irrepetible. Que antes de él no hubo posibilidad y que después de él solo hubo retroceso. Necesita una narrativa circular en la que el pueblo lo eligió, las élites lo bloquearon, la derecha volvió y él quedó convertido en la conciencia moral de la nación. Un Cepeda presidente obligaría al país a considerar una conclusión mucho más incómoda: que el problema no era solamente la izquierda en el poder. Era Gustavo Petro.
@yohirakerman; akermancolumnista@gmail.com