Después de 400 años… Y nadie sabe para quién trabaja

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Por: Jaime Lustgarten.


“Yo soy colomboespañol”

Me escribió un nuevo amigo por redes sociales. Sin rodeos, me soltó:
—España está invadida de islamismo. Cada tanto hay choques fuertes con los españoles. Tengo tres hijos viviendo allá… es un choque cultural insoportable.

Me solidaricé.
—Sí que son vivos esos musulmanes —le respondí con ese tono entre la broma y la preocupación que uno usa para lidiar con las verdades incómodas.

Recordé entonces un episodio del verano pasado.
Estuve de vacaciones en España y, paseando por Las Ramblas de Barcelona, encontré a un viejo profesor universitario vendiendo libros usados en un pequeño puesto improvisado. Un hombre culto, pulcro en su hablar, de esos que se formaron en otra época, cuando la palabra catedrático aún pesaba.

Mientras hojeaba sus libros, el hombre suspiró hondo:
—La pensión ya no me alcanza. Tengo que trabajar para rebuscarme un poco.

Y luego, con un tono amargo, casi resignado:
—Mire, los musulmanes tienen ocho hijos. Ocho. Y se llevan buena parte de los impuestos. La mayoría vive subsidiada…

Justo entonces pasó una mujer cubierta de pies a cabeza con su hijab. Era como una sombra negra deslizándose entre el gentío. El anciano la miró y su rabia silenciosa se transformó en un bramido contenido, como toro herido. No era odio; era frustración. Era la sensación de ver cómo el país que uno construyó se transforma sin preguntarle a nadie.

Después, como si quisiera justificar su indignación, me mostró sus libros con una ternura desgastada. Hablaba de los autores, de sus épocas, de la historia detrás de cada obra. Su bagaje cultural era enorme. Y ahí, entre libros usados y turistas desprevenidos, me invadió una tristeza difícil de disimular.

—Me maté trabajando y formando generaciones completas —dijo— ¿Para qué? Si ahora no quieren ni tener hijos. Cuando amanezca, ya seremos minoría… ¡y nos correrán a todos de aquí! ¿Adónde iremos a parar, eh?

Me dolió escucharlo. Trabajar toda la vida para terminar así, en un puesto callejero, viendo cómo el país se le escapa entre los dedos.

Le compré varios libros. Me rompía el alma dejarlo allí. Casi no pude llevarlos: pesaban demasiado para la maleta del aeropuerto. Con suerte alcancé a cargar dos para leer en el avión… aunque, la verdad, nunca los leí. Deben estar ahora guardados en algún cajón, esperando.
Pero del viejo profesor no puedo decir lo mismo: él espera y espera, y ya nadie lo busca.

Es víctima —como tantos— de esa política que cree que todo se arregla con más subsidios y más impuestos. Cada vez que escucho noticias sobre España, lo recuerdo. La historia es cíclica, pensé: los moros regresaron después de tantos siglos.

Dormí profundo en el vuelo de regreso, pero una imagen persistía: ese hombre que trabajó toda su vida para tener una vejez digna… y al final, quizá, ni país le quede.

Termina uno descubriendo que aquel viejo refrán es más vigente que nunca:

Nadie sabe para quién trabaja.