Por: Jaime Lustgarten
Escuché a Margarita, mi nueva amiga, que hoy habita una tristeza silenciosa. Lleva consigo sombras que no nombra, dolores que no exhibe. No se queja. Los enfrenta con la dignidad de quien conoce el riesgo y, aun así, avanza; como un torero que, con temple, esquiva la herida inevitable. Y en medio de todo, escribe. Escribe como quien respira, como quien se sostiene.
Porque quien ha aprendido a mirar el dolor ajeno entiende que nadie está exento: los achaques llegan, del cuerpo o del alma; tarde o temprano. Pero la vida, —quiero creer— no nos impone cargas imposibles, sino pruebas que revelan de qué estamos hechos. Y cuando la voluntad se une al amor por la vida, incluso en la oscuridad persiste una fuerza: la de seguir, la de insistir, la de luchar hasta el último instante que nos sea concedido.
Hay personas que llegan tarde a nuestra historia. O quizá somos nosotros quienes llegamos tarde a ellas. En sus venas no solo corre sangre, sino una forma de poesía que no siempre se escribe, pero se manifiesta. Hablan con gestos, con silencios, con miradas que dicen más que cualquier palabra.
Y, sin embargo, a veces —solo a veces— ese lenguaje se quiebra y emerge otro, más áspero, más desnudo, más verdadero. Un lenguaje que no reconoce la academia ni es bien recibido en los salones pulcros o en los templos de lo correcto. Pero incluso esa ruptura tiene sentido: hay dolores que no se pueden susurrar, que necesitan estallar para no pudrirse dentro.
Pienso entonces que quizá todos cargamos una historia más antigua de lo que creemos. Tal vez fuimos, en otro tiempo, perseguidos o silenciados; tal vez aprendimos a callar para sobrevivir. Y por eso hoy, más que nunca, se vuelve necesario un acto de valentía interior: el de enfrentarnos a nuestros propios demonios.
Exorcizarse no es negar la oscuridad, sino reconocerla y no permitir que gobierne. Porque el mal no solo se instala en la sangre: busca también tomar la mente, ese centro desde donde decidimos quiénes somos. Y si cedemos ese espacio, si renunciamos a esa lucha, entonces sí —,sin duda, — “ estaremos perdidos.














